Clase social, pandilla y sociedad

Dagoberto Gutiérrez, luchador social salvadoreño, analiza la temática y hace la  IX entrega.

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Opinión

Entre los años 1973 y 1974, se desarrolló la oposición y la resistencia al régimen militar. Ante los ojos del pueblo, aparecía una oligarquía cafetalera como la dueña del país y unas fuerzas armadas como el brazo armado de esta oligarquía. Hay que recordar que desde 1932, y en el marco de las matanzas de aquel año, en ocasión del levantamiento campesino e indígena en el occidente del país, la oligarquía decidió, después de ese susto histórico, que los militares funcionaran como sus guardianes encargándose de la administración de su poder, desde el gobierno.

La fuerza armada asumió, de esta manera, el papel de clase gobernante, mientras que la oligarquía cafetalera conservó su calidad de clase dominante. Uno y otro poder funcionaron con armonía hasta finales de la década del 60 y de la presente década del 70 que estamos examinando.
Los militares contaban con un control territorial basado en las llamadas patrullas cantonales, que eran redes de inteligencia, de informantes, de espionaje, que controlaban metro a metro, todo el territorio nacional, que aplastaban cualquier manifestación de resistencia; y sin embargo, desde dentro y por encima de este aparato, fueron apareciendo organizaciones campesinas cuya conciencia fue movida y conmovida por la teología de la liberación y por las organizaciones políticas partidarias como la Unión Nacional Opositora, que en las campañas electorales llegaron con su mensaje de oposición hasta el último rincón de las zonas rurales.

El fenómeno de la teología de la liberación establecía en un mensaje breve y lacónico que “Dios es amor”. Esta expresión sustituyó aquella formula medieval que establecía que “Dios está en el cielo, en la tierra y en todo lugar”. Esta era una teología europea que establecía un Dios ubicuo, omnipotente y todopoderoso, pero la teología construida desde América Latina hizo algo diferente: primero bajó a Dios del cielo a la tierra, luego lo ubicó en el ser humano, después en el ser humano más pobre, explotado, perseguido, hambreado y encarcelado. Esta fue una elaboración totalmente diferente y se trató de una especie de dimensionamiento de aquella idea de Jesucristo de que “todos somos hijos de Dios”. Así, cuando un campesino se revelaba y era capturado por la Guardia Nacional, se trataba de una confrontación entre Dios y un régimen sanguinario y la lucha por la justicia, por la tierra, la dignidad y la libertad, tenía entonces el pleno reconocimiento del Dios de los cristianos. Por eso, la fe funcionó como un estimulante y un poderoso impulso a la lucha popular.

La Universidad de EL Salvador continuó siendo un centro de resistencia a la dictadura militar y en 1973, en octubre de ese año, el movimiento estudiantil, en medio de la universidad ocupada militarmente, realiza la primera asamblea general de estudiantes universitarios en el auditórium de la facultad de derecho, y ahí, con total respaldo estudiantil, se organiza el consejo ejecutivo de la Asociación General de Estudiantes Universitarios Salvadoreños (AGEUS). Este organismo fue nominado por los asambleístas como Consejo Estudiantil Provisional (CEP).

A partir de este momento, el movimiento estudiantil retomó su trabajo organizativo universitario, entró en contacto con las nuevas autoridades nombradas por el gobierno, de nuevo se establecieron las vinculaciones con las organizaciones populares, se reconstruyó la lucha ideológica y todo este proceso lleva al 30 de julio de 1975, cuando una pacífica manifestación estudiantil fue disuelta sangrientamente por unidades del ejército y de los cuerpos de seguridad que dispararon a matar y fueron capturados gran número de estudiantes, mientras otros fueron desaparecidos. Una vez más, el gobierno de Arturo Armando Molina se llenó las manos de sangre de la Universidad de El Salvador, y la resistencia popular crecía inconteniblemente en la misma medida en que la represión se desataba.

En esta coyuntura, se desarrolló la confrontación entre resistencia y represión, de tal manera que, a mayor represión, el pueblo ofrecía mayor resistencia. Este ciclo solo sería resuelto con el estallido de la guerra popular que ya se estaba gestando en los pliegues de estos acontecimientos.

En 1977, el Vaticano nombra arzobispo de San Salvador a Monseñor Oscar Arnulfo Romero quien tenía una imagen de sacerdote conservador y su llegada al arzobispado no despertó mayor entusiasmo ni confianza en el pueblo, pero poco tiempo después de su nombramiento, el 12 de marzo de 1977, fue asesinado en la calle que conduce a El Paisnal, el sacerdote jesuita, Rutilio Grande, junto con sus acompañantes campesinos: Manuel Solórzano (72 años) y Nelson Rutilio Lemus (16 años).

Este asesinato mostró ante el pueblo a un hombre sensible, humano, ofendido y valiente que rompió, exigiendo una investigación clara y verídica de los hechos, toda relación oficial con el gobierno, y a partir de aquí, su mensaje se convirtió en una voz de esperanza para el pueblo, y sus homilías dominicales eran escuchadas con fervor por sus feligreses y por toda persona con una posición clara ante la realidad que se vivía.

Toda esta situación llevó al asesinato de Monseñor Romero, en marzo de 1980, sin que hasta la fecha hayan sido esclarecidas satisfactoriamente las circunstancias del crimen y las autorías intelectuales y materiales del hecho.

En este mismo año de 1977, se realizó la segunda campaña electoral presidencial de la UNO. En esta ocasión se llevó de candidato a la presidencia al Cnel. Ernesto Claramount y como vicepresidente, al Dr. Antonio Morales Erlich. Como veremos, esta fue una campaña de consecuencias políticas trascendentales que impulsaron el proceso vertiginosamente hacia adelante.

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